Wilson Castañeda: “Yo no voto por el gay o la lesbiana, voto por la persona que garantice mis derechos”

26 de mayo de 2026

Colombia, el termómetro democrático de la coyuntura, entra a la recta final hacia las elecciones presidenciales con un cuadro inédito: una candidata presidencial lesbiana por el Partido Verde y un candidato vicepresidencial gay por el Centro Democrático, el partido uribista. Independientemente de las posibilidades de ganar, la pregunta no es si es buena noticia o mala noticia. La pregunta es qué tipo de hecho político estamos presenciando. Uno de los especialistas más reconocidos nos dio respuestas.

Por Élmer L. Menjívar
Seguir Ganando

Wilson Castañeda es el director de Caribe Afirmativo, una de las organizaciones más relevantes del movimiento LGBT+ a nivel continental. Además de activista con más de 20 años en la lucha, es politólogo y doctor en filosofía. Participó en la comisión de los diálogos de La Habana, y luego hizo parte del Comité de Seguimiento de las recomendaciones de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición del conflicto armado en Colombia. También es catedrático en varias universidades, y Naciones Unidas lo tienen como asesor en temas de género, diversidad y paz.

Hablamos con él por primera vez para el Episodio 2 de «A mí no me creas, pero…», el podcast de Seguir Ganando, donde abordamos el panorama electoral previo a las elecciones legislativas del pasado marzo.

Este es nuestro segundo encuentro, y se dio en Ciudad de México, el viernes 24 de abril, el último día de un viaje de trabajo. Han pasado muchas cosas entre estos dos encuentros. Y nos resultaba urgente que nos ayudara a descifrar una situación inédita en una campaña electoral en Colombia: hay una candidata presidencial lesbiana —que ya fue alcaldesa de Bogotá— por el Partido Verde, de centro derecha; y un candidato abiertamente gay a la vicepresidencia por el Centro Democrático, la derecha uribista.

Nadie mejor que Wilson Castañeda para acompañarnos a leer el momento. En esta entrevista también nos habla del muro de contención que la derecha latinoamericana aprendió a construir para incluir personas LGBT sin transformar estructuras. Del lavado rosa que vacía de contenido las agendas. De los cuerpos —trans, no binarios, empobrecidos— que siguen quedando fuera. Y de las razones concretas por las que, a pesar de todo, hay un horizonte para seguir ganando. 

P/ Wilson, bienvenido de nuevo. La pregunta no es si está bien o mal que una mujer lesbiana y un hombre gay aparezcan en el tarjetón electoral, sino qué es lo que estamos presenciando. Qué tipo de hecho político, desde tu trabajo de visibilización de poblaciones LGBT.

R/ Efectivamente en Colombia también estamos tratando de entender el panorama electoral que se nos avecina. Colombia nunca ha tenido una mujer presidenta, mucho menos una persona LGBT. El cargo más significativo lo ocupó Claudia. Fue alcaldesa de Bogotá —que es el 20% de los habitantes del país— en medio de la pandemia. Hay posiciones encontradas sobre su gestión, pero hay que reconocer que sacó adelante proyectos significativos: las políticas del cuidado, el metro de Bogotá. Son agendas que hoy el país valora. Ahora es candidata a la presidencia, pero rompe con su partido —el Partido Alianza Verde—, se presenta por firmas y cae en el personalismo. Y está en un centro político dividido, porque por el centro corren ella y Sergio Fajardo, que en las elecciones pasadas fueron juntos fórmula. Las encuestas no les dan más de un dígito de probabilidad.

Captura de pantalla del sitio oficial de la candidatura presidencial de Claudia López.

Del otro lado está Juan Daniel Oviedo. Es un hombre gay que se ha nombrado como tal desde que está en la política, pero no viene de la militancia del movimiento LGBT. Ha sido un técnico al servicio de partidos o políticos de derecha y centro derecha. Fue asesor de una senadora del Centro Democrático que se opuso fuertemente a las agendas de mujeres y personas LGBT, y en el gobierno anterior fue director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, donde hizo un excelente trabajo. Cuando sale a correr a título personal, acepta la invitación a la consulta del Centro Democrático, saca el segundo lugar y le invitan a ser fórmula vicepresidencial.

Captura de pantalla del sitio oficia de la candidatura presidencial de Claudia López.Captura de pantalla del sitio oficia de la candidatura presidencial de Daniel Oviedo.
Captura de pantalla del sitio oficial de la candidatura a la vicepresidencia de Daniel Oviedo.

P/ Por primera vez en la historia de Colombia una candidata y un candidato que se nombran lesbiana y gay, ¿qué cosas necesitamos tener claras?

Hay, al menos, tres claridades necesarias. Primero: no vienen del activismo LGBT. Claudia, que antes estaba en la academia, ha hecho más pública su apuesta política como mujer lesbiana. Daniel ha sido más en ejercicio electoral. Pero ni uno ni otro han recogido las banderas del movimiento LGBT.

Segundo: están en orillas totalmente opuestas. La orilla de Juan Daniel es centro derecha, y es desde esa misma orilla donde se envían los ataques homofóbicos y transfóbicos hacia las personas LGBT —que de hecho también le impactan a él, porque es un hombre casado con su esposo y su fórmula presidencial ha dicho que no está de acuerdo con el matrimonio igualitario ni con la adopción homoparental. Por el lado de Claudia, sí hay que reconocer que su propuesta recoge iniciativas concretas de los derechos LGBT —no el compromiso radical que espera el movimiento, pero sí algunas banderas.

Y tercero: estas candidaturas han traído los temas LGBT a la elección, pero en perspectiva de retroceso. Hace cuatro años, sin candidaturas abiertamente LGBT, todas las candidaturas presidenciales tenían propuestas robustas sobre derechos LGBT. Este año, con dos candidaturas abiertamente LGBT, encontramos propuestas que dicen que quieren revisar derechos, plebiscitar derechos, que no están de acuerdo con derechos ya obtenidos. Y hemos visto ataques a Daniel y a Claudia por su orientación sexual —de la iglesia, de los grupos antiderechos, e incluso de su propio partido en el caso de Daniel.

P/ ¿Lo que estamos viendo entonces es una instrumentalización de figuras LGBT por partidos que no tienen agenda real? ¿Una operación de pinkwashing?

R/ Hay un poco de todo. Desde la segunda elección del presidente Juan Manuel Santos, cuando ya era muy visible el movimiento LGBT y empezaba a ganar curules en el Congreso, los partidos políticos hicieron click. Entendieron que no tenían que seguir peleando con la agenda LGBT, que eso los hacía ver anticuados, como promotores de discriminación. Y empiezan a acogerla. Pero la acogen no por convicción, sino por estrategia política —y para generar un cierto muro de contención.

Nosotros hace doce años ganamos adopción parental. Hace diez, ganamos matrimonio igualitario. Ganamos protección a personas trans. Todo eso son ganancias judiciales. Entonces la clase política toma una serie de decisión

P/ ¿Cuáles fueron esas decisiones?

Yo las ordeno en tres momentos. Primero: ellos dijeron ‘no vamos a pelear más, no vamos a decir que los LGBT son el demonio. Llenan calles, son protagónicos en redes, y eso puede traducirse en votos’.

Segundo: ven que el movimiento ha tenido éxito en dos escenarios —el judicial y el internacional, con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Naciones Unidas—. Los partidos se dan cuenta de que si no legislan, los derechos avanzan por la vía judicial y por la vía internacional. Entonces deciden: avancemos a nuestra medida. Eso es el muro de contención. Es lo que estamos viendo en algunos países de Centroamérica: parlamentos conservadores proponiendo leyes LGBT, no porque sean progresistas, sino porque temen que llegue el matrimonio igualitario. En Colombia se incluyen personas LGBT —incluso en primera persona— para proponer acciones que se presentan como afirmativas, pero que son muros de contención.

Y tercero: hoy es políticamente correcto hablar de nosotros, es incorrecto discriminar. Entonces hay un lavado rosa. El día del orgullo, el día contra la homofobia, hacen pronunciamientos. Pero no es convicción, es corrección política.

P/ ¿Cómo afecta eso al movimiento LGBT+ y a sus luchas?

Esto tiene dos agravantes. El primero es que esta instrumentalización vacía de contenido nuestras agendas. La gente esperará que el movimiento LGBT vote por Juan Daniel por ser gay o por Claudia por ser lesbiana. Pero la pregunta que debe asistir al movimiento es otra: yo no voto por el gay, la lesbiana, la persona trans o no binaria. Yo voto por la persona que garantice mis derechos. La instrumentalización lleva a creer que lo nuestro es meramente nominal —si pongo en mi documento «LGBT» o entre mi equipo a una persona LGBT, el tema está resuelto—. Y lo nuestro no es nominal: son transformaciones estructurales.

El segundo agravante es la despolitización del movimiento, o la urgencia de politización. En Colombia, el movimiento LGBT siempre ha estado en un lugar estratégico, dialogando con los gobiernos, porque nunca hemos tenido un presidente de extrema derecha. Pero a medida que crece la polarización y los discursos de odio, los partidos no pueden seguir creyendo que somos neutrales. La politización del movimiento es una necesidad: no basta con denominarlo LGBT, hay que hacer las transformaciones históricas que requerimos.

P/ Quisiera detenerme un momento en una pregunta más concreta. Si la representación LGBT que estamos viendo se concentra en figuras gays y lesbianas, cisgénero, de clase media o alta, ¿dónde quedan las personas trans, bisexuales, no binarias? ¿Quiénes están quedando fuera incluso de la posibilidad de ser instrumentalizadas?

R/ En América Latina y el Caribe, la forma como hemos hecho política ha sido una forma que no ha respondido a los cambios estructurales que requerimos, sino que ha hecho asuntos de maquillaje liberal —muy propios del neoliberalismo, que al capitalismo le funciona bien para el consumo, pero que no transforma estructuras.

Hay una investigación de Erika López que dice que en América Latina se han reconocido 87 derechos para personas LGBT en los últimos veinte años. Si examinas esos derechos, el 90% son para gays y lesbianas, y responden a estructuras cisgénero normalizadoras. El ejemplo es el matrimonio: es un contrato privado que no le genera al Estado ninguna tarea. Es más, le genera ingresos —en Colombia, en diez años, más de diez mil parejas se han casado, y eso es dinero que entró al Estado.

Hoy América Latina tiene participación LGBT, pero es una participación mayoritariamente de hombres gays, en menor medida de mujeres lesbianas, y muy escasa de personas trans y no binarias. Y eso es paradójico, porque las mayores necesidades del colectivo están en las personas trans y no binarias, que son las más invisibles, las que no están en las agendas.

Manifestación contra la violencia transfóbica. Tomada de la web de Caribe Afirmativo.

Mira a los dos candidatos colombianos. Juan Daniel es un hombre de clase alta, que ha estudiado toda la vida, con privilegio de vida. Claudia es de clase media, pero ambos han podido ir a la universidad, son cisgénero, han tenido buenos trabajos, y su expresión de género nunca ha sido impedimento para construir un proyecto de vida. Pero en Colombia hay un montón de personas LGBT —sobre todo trans y no binarias— empobrecidas, marginalizadas. La mayor demanda de violencia la reciben los cuerpos trans. La mayor pobreza e inequidad la reciben las personas trans y no binarias. Y no están en la agenda política.

P/ Pasemos a la otra agenda. La narrativa antiderechos ha avanzado rápidamente en los últimos años en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos, instalando conceptos muy efectivos que incluso han sido parte de triunfos electorales. ¿Qué crees que ha hecho bien ese movimiento?

R/ Primero, déjame hacer una precisión: yo no lo llamaría movimiento antiderechos. Creo que es un movimiento neofascista. No son antiderechos —de hecho, hablan desde sus derechos y privilegios—. Estamos ante un florecimiento del fascismo en el mundo, con prácticas novedosas que le inyectan la tecnología y la transmedia. Y crece porque a los fascistas les preocupa que grupos históricamente excluidos hoy tengamos derechos. Antes no se molestaban, porque desde el Estado habían puesto un montón de seguros para mantenernos como ciudadanía de tercera categoría. Hoy, que no permitimos ser ciudadanía de segunda categoría, han reforzado su estrategia. El neofascismo tiene un solo interés: dejarnos desprovistos de derechos.

P/ ¿Qué ha faltado al movimiento LGBT y a los movimientos sociales para ponerle freno a estos avances neofacistas? 

R/ Yo veo cuatro vacíos. Primero: les hemos dejado apropiarse de nuestras narrativas. Dicen que son provida cuando nosotros buscamos que nos permitan vivir. Dicen que les interesa la dignidad cuando peleamos por dignidad. No hemos cuidado esos términos que nos conectaron con la dignidad humana.

Segundo: nos hemos esforzado mucho en explicarnos racionalmente. El movimiento y la academia han botado mucha tinta explicando la diversidad sexual, la identidad de género, la expresión de género. Eso no está mal, pero ha dejado el imaginario de que lo nuestro es meramente racional. Y la sociedad es emocional. Los grupos antiderechos se muestran muy afectuosos, con un lenguaje muy emotivo.

Tercero: les hemos permitido correr la barrera. Hemos permitido que usen la política para generar violencia y no hemos hecho la sanción moral. Esto no es libertad de expresión, es discriminación. Esto no es autonomía, es negación de derechos. Hay que llamar las cosas por su nombre.

Y cuarto: es una estrategia regional. Económica y políticamente. Recordarán el bus del odio que salió de España y recorrió América Latina, las estrategias del sur de Estados Unidos desplegadas en América Latina y África contra lo que llamaron «ideologías de género». Hemos permitido que llamen a lo nuestro ideológico. Y han limitado nuestras demandas a un asunto de ideología de género: ya no hablan de derechos LGBT, sino de ideología de género. Hay que parar eso. Aquí no se trata de ideología, sino de un proyecto de vida que tiene limitaciones de dignidad.

P/ Dentro de los movimientos progresistas hay una crítica que reaparece: que enfatizamos demasiado las llamadas «agendas identitarias» y descuidamos las luchas económicas, las luchas de clase, llegan a decir algunos. ¿Cómo lees esa autocrítica?

R/ Las identidades son necesarias, porque dan cuenta de demandas particulares que no se pueden absorber en demandas generales. Pero con dos claridades. Primero: las identidades son demandas de los sujetos sociales, no del Estado ni del partido. No es el partido quien viene a agrupar al sujeto social por identidades; es al revés. Segundo: la identidad es un punto de partida, no un punto de llegada. La identidad plantea una demanda particular; cuando esa demanda se atiende, se supera la identidad y se garantiza un entorno de vida digna.

«Yo no lo llamaría movimiento antiderechos. Creo que es un movimiento neofascista. Estamos ante un florecimiento del fascismo en el mundo, con prácticas novedosas que le inyectan la tecnología y la transmedia»

Wilson Castañeda

P/ ¿En qué vez tú lo problemático con las supuestas «agendas identitarias» de los gobiernos progresistas que han pasado en nuestros países?

La dificultad en América Latina es que nuestros gobiernos rápidamente crearon oficinas, secretarías, ministerios para las diversidades, políticas públicas LGBT, acciones afirmativas, y se quedaron en hacer política pública identitaria. Y eso nos genera dos daños.

Uno: olvida que somos interseccionales. Yo no solo soy hombre gay; puedo ser hombre gay rural, con una espiritualidad definida, perteneciendo a un grupo indígena. Tratarme como objeto de estudio solo gay, solo indígena, sólo trans, desconoce un montón de cosas que también me constituyen como ciudadano. Si seguimos haciendo política pública desde lo identitario, no vamos a superar el déficit de derechos.

Dos: desconecta el proyecto de vida del entorno social. Los guetos. En los años 80, la primera reacción de los Estados a la agenda LGBT fueron los guetos. Chueca en Madrid, el Castro en San Francisco, la Zona Rosa de Ciudad de México. El Estado creyó que éramos una especie de fenómeno epidemiológico: había que juntarnos allá. Esos lugares se volvieron excluyentes, selectivos, clasistas. El capitalismo entró y los convirtió en negocio. Pero fuera de ese lugar no podemos vivir como ciudadanos.

Y termino con esto: si haces una encuesta hoy en toda América Latina —en los países que más han avanzado en derechos como Argentina, Brasil, Colombia, México, y en los que menos, como Perú o Panamá— y le preguntas a la gente si las personas LGBT tienen derechos, perdemos la encuesta en todos. Porque el Estado no ha trabajado la cultura ciudadana. Y es ahí donde se cultiva el desprecio, la discriminación y la violencia.

P/ En este panorama global, ¿qué oportunidades ves para que el progresismo —donde el movimiento LGBT se ha sentido más cómodo— siga ganando elecciones, política pública y narrativa?

R/ Veo cinco oportunidades concretas. Primera: politizar nuestras agendas. Tenemos que hacer realidad aquello de que todo lo político es social y lo social es político. Quitarnos el manto de duda de pensar que lo LGBT es apolítico. Y politizar no significa irnos todas y todos a un partido; significa convertir nuestras demandas personales en demandas políticas.

Segunda: construir agendas propias. El ejercicio político gasta mucho tiempo en identificar los problemas que tiene que solucionar. El movimiento LGBT tiene muy claras sus demandas. Hay que convertir esas demandas en agenda, y que sea esa agenda la que nos lleve a hablar con los partidos. El partido no tiene que venir a darme placer; tiene que preguntarme cuál es mi agenda y cuál es su compromiso con ella.

Tercera: aprovechar nuestra capacidad de movilización. El movimiento LGBT tiene una enorme capacidad de movilización física y digital, con un altísimo componente de creatividad. Hoy las marchas sindicales no son tan atractivas porque, siendo vigentes sus demandas, sus metodologías siguen siendo las de los años setenta y ochenta. El movimiento LGBT tiene esa creatividad movilizadora; hay que ponerla al servicio de la construcción política.

Concentración LGBT en Bogotá. Tomada de la web de Caribe Afirmativo.
Concentración LGBT en Bogotá. Tomada de la web de Caribe Afirmativo.

Cuarta: el mensaje de no discriminación es mayoritario. Las sociedades modernas son sociedades antidiscriminación. Hoy ningún partido enarbola públicamente la bandera de la discriminación. Hace años era natural pensar que las personas indígenas, afrodescendientes o palenqueras valían menos, o que las mujeres no tenían la misma capacidad que los hombres. Hoy eso es ridículo. Ese lenguaje nos puede unir a muchos sectores que también piden no discriminación.

Y quinta: las lecciones aprendidas. América Latina y el Caribe tienen mucha experiencia en participación política LGBT. Hoy ganamos elecciones, sabemos construir agendas, hacer incidencia local, nacional y regional. Somos un movimiento que, a fuerza de golpes, ha logrado meterse en escenarios clave. No nos dejemos sacar. Y optimicemos para que esos espacios dejen de ser personales —que no dependan de la persona que los consiguió—, sino que quede instalada la gente.

P/ Para cerrar, Wilson: ¿qué le dices a alguien que está leyendo esta entrevista con sensación de derrota, de cansancio, con la tentación de salirse de la lucha política?

R/ Hay odio, hay miedo, regresa la violencia, hay retrocesos, parece que nuestras vidas no pueden ser vidas bien vividas. Quiero invitarles con una imagen. Si te levantas a las 4:30 o 5 de la mañana, climatológicamente hablando, se pone más oscuro. Y se pone más oscuro porque ya va a amanecer.

Se nos está poniendo muy oscuro. A finales de los noventa y a principios del dos mil, cuando empezamos a ganar derechos, a ser nombrados, a salir a la calle, éramos muy felices y decíamos: por fin no tenemos que volver al clóset, por fin nuestras vidas son dignificadas. Hoy escuchamos a presidentes de repúblicas democráticas promover el odio. Se eligen congresos con agendas anti-LGBT. Somos la región del mundo con más asesinatos contra personas LGBT —más de mil al año en toda la región—. Efectivamente está muy oscuro.

Pero confío en que está muy oscuro porque ya va a amanecer. No vamos a permitir retroceder en nuestros derechos, porque lo único que estamos pidiendo es dignidad. Poder vivir, y vivir una vida digna. Estar en una sociedad donde todas las vidas puedan ser vidas bien vividas.