Ilustración de Mariana Matal.
León XIV adelanta una agenda progresista sobre IA para América Latina
10 de junio de 2026
La primera encíclica papal sobre inteligencia artificial no es un documento religioso. Es una advertencia política sobre quién controla el futuro. Y para la región que produce el 1,12% de la IA que consume, la pregunta no admite demora.
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El 25 de mayo de 2026, en el Vaticano, ocurrió algo que conviene leer dos veces.
El cofundador de una de las empresas de inteligencia artificial más poderosas del planeta —Anthropic, la misma que sostiene un litigio con la administración Trump por negarse al uso militar irrestricto de su tecnología— se paró frente al Papa y le dijo al mundo que su propia empresa opera con incentivos que entran en conflicto con hacer lo correcto. Enumeró tres presiones: la comercial, la geopolítica, la competitiva.
Eso no es un mea culpa. Es un diagnóstico. Y que lo haya dicho Christopher Olah en Roma, el día de la presentación de Magnifica Humanitas —la primera encíclica papal dedicada enteramente a la inteligencia artificial—, dice algo sobre el momento en que vivimos: hasta quienes concentran el poder reconocen, al menos en voz alta, que el modelo actual no tiene los frenos necesarios.

La mayoría de los medios cubrió el evento como una noticia religiosa. Error de encuadre.
Una fecha que no es decorativa. León XIV firmó Magnifica Humanitas el 15 de mayo de 2026. La fecha importa: es el 135° aniversario exacto de la Rerum Novarum de León XIII, el documento de 1891 que respondió a la Revolución Industrial con una pregunta que entonces parecía radical y hoy suena a sentido común. ¿Quién controla el nuevo poder económico? ¿Quién queda fuera? ¿A qué costo?
La encíclica repite la pregunta, pero para este siglo. Y su premisa de arranque no necesita teología para sostenerse:
«La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona. […] Sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo.»
— Magnifica Humanitas, §4 (Vatican.va, 2026)
No es tecnofobia. Es análisis de poder. La IA no es neutral porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Eso no es doctrina. Es política.
Las demandas concretas del documento son completamente seculares: regulación gubernamental de las empresas que impulsan la IA, protección y recapacitación de trabajadores desplazados, educación crítica, garantías de que los seres humanos —y no las máquinas— sigan siendo responsables de las decisiones vinculadas al uso de armas. ¿Suena a agenda progresista? En buena parte, lo es. Sólo que viene firmada en latín, y desde el Vaticano, hasta hoy la brújula moral del conservadurismo.
Lo que hace que importe no es su origen religioso sino su escala. La Iglesia Católica tiene presencia directa en 1,400 millones de personas. Ningún regulador, ninguna ONG, ningún gobierno llega a ese alcance con un mensaje sostenido sobre una misma tecnología. Cuando este documento circula, el debate deja de ser técnico y pasa a ser, en el sentido político de la palabra, doctrinal.
El lobby en el salón del Papa
La declaración de Olah en el Vaticano fue honesta. Aquí hay que ser precisos, porque hay información que matiza el entusiasmo fácil. También fue una declaración que le cuesta muy poco decir ante el Papa y que le costaría mucho más sostener con regulación vinculante. Hay otro dato disponible que tampoco conviene ignorar: el proceso de elaboración de la encíclica incluyó meses de negociaciones en las que participaron Meta, Google y Amazon. Las mismas empresas cuyo poder concentrador critica el documento estuvieron en las conversaciones que le dieron forma.

¿Eso invalida el resultado? No necesariamente. Los textos a veces superan a sus procesos de producción. Pero es información que hay que tener sobre la mesa. Una declaración de principios no sustituye a la regulación. Y el hecho de que haya ocurrido en Roma no le da mayor fuerza ejecutiva.
El espejo que la región necesita mirar
La encíclica habla desde una perspectiva global que, como todo lo global, tiende a aplanar diferencias regionales. América Latina no llega a este debate en igualdad de condiciones.
Los números son contundentes. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025, elaborado por la CEPAL y el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile, los 19 países de la región concentran apenas el 1.12% de la inversión global en IA. La región tiene el 8.8% de la población mundial y genera el 6.6% del PIB del planeta. Pero su promedio de inversión en IA es seis veces inferior al umbral mundial calculado por PIB per cápita.

Pero hay un dato que todavía menos gente discute y que cambia la naturaleza del problema. La OCDE señala que más del 59% de los conjuntos de datos de entrenamiento de los modelos de IA de código abierto están en inglés. Los modelos que desplegamos en la región fueron construidos mayoritariamente con realidades del Norte Global.
Eso no es un detalle técnico. Es dependencia epistémica. Los algoritmos que deciden sobre salud, crédito, educación y justicia en nuestros países fueron entrenados con prioridades y marcos conceptuales que no son los nuestros. La encíclica dice que la IA asume el rostro de quien la concibe. La pregunta regional es concreta: ¿cuántos latinoamericanos están en esa sala de diseño?
El informe de Riesgo Político de América Latina 2026 del Centro de Estudios Internacionales UC identifica la falta de capacidad frente a la IA como uno de los diez principales riesgos políticos de la región. Solo cuatro países tienen capacidades mínimas de investigación, infraestructura y gobernanza de datos. El gasto público en I+D es de apenas el 0.33% del PIB regional. Trece de 19 países no tienen habilidades tempranas de IA en sus currículos escolares. Once no cuentan con programas de doctorado en IA.
Y sin embargo: somos la tercera región del mundo en descargas de aplicaciones de IA generativa, con entre el 15 y el 20% del mercado mundial. Consumimos IA masivamente. La producimos marginalmente. Eso ya tiene nombre histórico. Es dependencia tecnológica. Esta vez con otro nombre.
Cuando la tecnología juega a ser el Estado
El caso más ilustrativo de lo que puede salir mal está a pocos kilómetros del centro de la región.
El Salvador lleva meses siendo presentado como laboratorio de innovación en salud pública. El gobierno de Nayib Bukele lanzó DoctorSV, una aplicación de telemedicina basada en IA de Google Cloud, con una promesa concreta: atención médica disponible las 24 horas para todos los salvadoreños.
La realidad que documentaron el gremio médico, BBC Mundo y periodistas independientes es bastante más complicada. El gremio sostiene que la app es un parche tecnológico para disimular el colapso del sistema público de salud: sin medicamentos, sin insumos, 7,772 trabajadores de la salud despedidos de forma arbitraria y con la mitad de los especialistas que han abandonado sus plazas. Un médico entrevistado resumió el experimento sin adornos: «Sabemos que somos un experimento social.»
El Salvador presenta una contradicción sistémica, una singular paradoja. En el papel, ostenta la legislación de IA más avanzada con un puntaje perfecto de 100/100, liderando la región. Sin embargo, la infraestructura revela otra historia: ocupa el penúltimo lugar en ciberseguridad (37/100) y el último absoluto en disponibilidad de datos (11/100). Con una participación ciudadana inexistente (0/100) y donde apenas un tercio de los hogares accede a internet —y sólo uno de cada seis posee computadora—, la promesa de cobertura universal de DoctorSV carece de cimiento material. Es el barniz digital sobre una precariedad profunda.
La OCDE lo dice con precisión institucional: los riesgos de la IA pueden verse amplificados en países que carecen de los mecanismos necesarios para garantizar el ejercicio, la protección y la promoción de los derechos humanos. El Salvador bajo Bukele cumple exactamente esa descripción.

DoctorSV no es un caso de IA mala. Es un caso de poder político que usa el lenguaje de la innovación para no rendir cuentas, desmantelar derechos laborales y presentar como progreso lo que es sustitución del Estado por tecnología. La regulación perfecta sobre el papel con el ecosistema destruido en la práctica: eso es una fachada sin casa detrás.
El horizonte que existe
Hasta aquí el diagnóstico. Pero el diagnóstico sin horizonte es parálisis.
En octubre de 2023, el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile inició la creación de LATAM-GPT: el primer gran modelo de lenguaje de inteligencia artificial construido en y para América Latina. Ya articula más de 40 instituciones de 12 países, desde México hasta Argentina. Es de código abierto. No depende de licencias privativas ni de infraestructura costosa del Norte Global.
El ILIA lo compara con la carrera espacial del siglo XX. No es una hipérbole gratuita. Es la primera vez que la región decide que puede producir la infraestructura de IA en lugar de solo consumirla. El objetivo no es solo eficiencia: es soberanía digital.
«El conocimiento, los datos y las herramientas tecnológicas también pueden —y deben— construirse desde el Sur Global, con autonomía y colaboración regional.»
— ILIA 2025, Hallazgos Principales (CEPAL/CENIA, LC/TS.2026/1)
LATAM-GPT tiene exactamente los tres elementos que la OCDE identifica como necesarios para una IA confiable al servicio del bien público: habilitadores compartidos, salvaguardas de código abierto, y participación de 40 instituciones de 12 países con voces diversas en el diseño. Es el contraste que la región necesita hacer explícito. Entre una app que desplazó trabajadores de salud para disimular el colapso de un sistema público, y una red de instituciones que decidió construir su propia herramienta para no depender de las que se construyen sin nosotros.
Un dato más que vale mencionar: la IA generativa tardó tres años en llegar al 90% de sus usuarios. Internet tardó más de veinte. Esa velocidad es también una oportunidad. Si la aprovechamos con condiciones.
Pero hay una pregunta que no cierra sola. Magnifica Humanitas no va a resolver la brecha digital de América Latina. No va a reincorporar a los médicos despedidos en El Salvador. No va a regular a Google desde Roma.
Pero pone sobre la mesa, con el peso institucional más amplio del planeta, la misma pregunta que la región lleva años necesitando responder: ¿la IA sirve a quién? ¿Se construye con qué datos, con qué valores, con qué supervisión, para qué población?
La pregunta que América Latina tiene que hacerse no es si adoptar la IA. Ya la adoptamos, masivamente, sin construirla. La pregunta es bajo qué condiciones, con qué garantías, con qué supervisión, y con qué voces en la sala de diseño. Que el Papa se haya sumado a quienes hacen esa pregunta no cierra el debate. Lo que hace es ampliar el campo de quienes la escuchan.
Y eso, en política de comunicación, no es un detalle menor.
De LATAM-GPT a los marcos de auditoría algorítmica en Uruguay; de las mesas de participación ciudadana en Costa Rica a las leyes de datos en Colombia y Chile: hay actores en la región disputando las condiciones de la IA desde adentro. Esas son las victorias que seguiremos contando.
Fuentes primarias: Magnifica Humanitas (Vatican.va, 2026); ILIA 2025 (CEPAL/CENIA, LC/TS.2025/68/Rev.1); Gobernar con la IA (OCDE, 2025); Riesgo Político ALC 2026 (CEIUC); ILIA 2025 Fichas de País (CEPAL, LC/TS.2026/16); BBC Mundo, Gato Encerrado, Resumen Latinoamericano (2026).